Es imposible mayor oscuridad. La noche parece más noche cuando no se ven casas iluminadas. Cuando no hay una luz encendida en una cocina a la hora de la cena. A ratos se ven los faros de algún coche saliendo en dirección contraria a Tallahassee, hacia el este del Estado de Florida, tratando de abandonar la ciudad en el último momento. Vehículos casi parados, temerosos de que al avanzar un metro más, el lago en que se ha convertido la carretera sobre la que circulan, de repente, se convierta en un profundo agujero que se los trague.

Michael Herrmann y Neil Terrell conducen una destartalada camioneta roja que tira de un remolque cargado de objetos personales. Son cuñados. Se les ve nerviosos, asustados. Angustiados. “La patrulla de carreteras nos ha informado de que era peligroso, solo queremos llegar a un lugar seco y poner a salvo lo poco que tenemos”, dice Herrmann. Sus mujeres e hijos abandonaron Tallahassee la noche del martes. “Nosotros nos quedamos, teníamos miedo a que hubiera saqueos”. Dormirán en White Springs. A salvo, aunque todavía temblando.

El poderoso ciclón, de categoría 4 en la escala Saffir-Simpson (de un máximo de 5) y con vientos máximos sostenidos de casi 250 km/h, tocó tierra en la zona de Mexico Beach, al noroeste de la península de Florida, región conocida como el Panhandle.

El huracán entró a territorio de Estados Unidos como una de las tormentas más poderosas en azotar la región continental de ese país desde que se tienenregistros.

De hecho, de acuerdo con estadísticas de la Universidad de Colorado, es la cuarta tormenta con vientos más destructores en llegar a Estados Unidos, solo superada por un huracán sin nombre que impactó en 1935, Camille (1969) y Andrew (1992).